viernes, 31 de mayo de 2013

Atando cabos (primera parte) revisada


John Brown, empresario retirado, se encontraba ante la noticia que sin lugar a dudas podía truncar para siempre su existencia en la consulta del prestigioso médico Oncológico Mr. Julius Lloyds, a partes iguales frío y seco en cuanto a su carácter y forma de ser como un extraordinario Doctor; se decía por los corrillos de la Clínica que si la enfermedad tenía cura él era tu hombre. 

El empresario, aparentando sosiego pero con cierto grado de incertidumbre, le preguntó no sin tartamudear al principio 

— ¿Es grave Doctor?, ¿tiene cura?—, ante lo cual el Doctor con ese flequillo canoso que le daba un aire de aristócrata transnochado le espetó con la seriedad que le caracterizaba 

— John, debo decirle desgraciadamente que lo que Usted padece no tiene solución, aunque quisiéramos no podríamos extirparle el tumor que se encuentra alojado en su cerebro, es muy grande. A partir de este momento, según mi modesta opinión y no quiero pecar de insensible, debe arreglar sus papeles con premura, debe atar cabos sueltos antes de que…—. El buen Doctor se quedó mudo, en silencio, como si no quisiera pronunciar la palabra fatídica, palabra que nunca llegó a salir de su boca pues el empresario  le interrumpió con otra pregunta propia de un hombre impaciente como John era

— ¿Cuánto tiempo me queda de vida?—, y el Oncólogo agachando su cabeza y sin poder mirarlo a los ojos le contestó casi sin dudar, como si tuviera aprendida de muchos años la respuesta

— Dos meses, a lo sumo tres.

A John le hacía mucha gracia aquel chascarrillo del siempre genial Woody Allen que sugería las dos palabras más bonitas de escuchar "es benigno”. Fue en ese momento cuando sin pretenderlo no pudo evitar pensar en ello y sonreír levemente, probablemente por última vez por la ironía macabra del destino que suponía esta situación.

El empresario, después de pasársele millones de cosas por su cabeza en cuestión de segundos, se levantó y le agradeció afectuosamente al Doctor sus servicios marchándose como alma que lleva el viento de la consulta. Todo ello lo hizo por instinto, mecánicamente, no podía discernir claramente en otra cosa que no fuera la muerte, en el fin más sombrío, y en ese fuerte dolor de cabeza que no le abandonaba desde hacía varios años. No supo poner en pié cómo salió de aquél lugar ni cómo anduvo varios pasos más allá antes de desmoronarse como un castillo de naipes en el primer banco del parque que halló; lloró desconsoladamente y sin parar durante minutos que le parecieron eternos, y esas lágrimas de angustia y desesperación se tornaron casi sin pretenderlo en una profunda paz, una paz absoluta consigo mismo. 

      Ahora, lo más importante para él una vez asumido ese golpe duro de digerir era seguir el consejo de su médico, debía arreglar las cosas, atar cabos.

Con una vitalidad inusitada para un hombre de 61 años, recorrió las calles a grandes zancadas con dirección a su casa, un palacete de 300 metros cuadrados de piedra y recuerdos, donde debía pensar qué hacer para que todo quedara en orden. 

Lo primero que hizo nada más abrir el amplio portalón de entrada fue dirigirse curiosamente hacia su lugar favorito de la casa, como no su biblioteca, habitación donde pasaba las horas muertas leyendo, escribiendo notas en el mayor de los casos sin sentido, o simplemente garabateando sin un motivo claro; en definitiva pasando el tiempo libre que el trabajo y sus quehaceres le permitían; John ya no trabajaba, sencillamente no le hacía falta, vivía de las rentas que le generaba la venta tiempo atrás de su exitosa empresa textil. 

Tomó el papel y la pluma de las grandes ocasiones y  cuidadosamente comenzó a trazar unas líneas con su caligrafía perfecta:

"Cosas ineludibles antes de morir:
Primero.- El testamento". 

En este punto frenó sus ansias desaforadas por seguir escribiendo. La verdad sea dicha era que este tema, afortunadamente, había ya quedado finiquitado hacía varios años; tomó la decisión  tiempo atrás en la Notaría más cercana a su residencia, para no quebrarse mucho la cabeza, de dejarle todos sus bienes, ya que no tenía esposa ni hijos, a partes iguales a sus hermanos Rufo, Gandolfo y Suzanne, a excepción del Bentley, joya automovilística donde las haya, que le había prometido, sabiendo lo que hacía, a su sobrino favorito, hijo menor de Gandolfo llamado Charles; Charly, que era como cariñosamente lo llamaba, era un chico entradito en carnes, tímido y enormemente inteligente. No se parecía físicamente a él pero eso no era óbice para recordarle que probablemente muchos de los agravios sufridos por ese chico por su obesidad los padeció John aunque por otros motivos. Eso y, que demonios, le caía de puta madre.

Puso una señal de realizado y siguió escribiendo:

"Segundo.-  Hablar con la familia del suceso". 

Posiblemente eso fuese lo más difícil para el empresario, pues siempre había sido una persona reservada; pensaba que si no hablaba de sus problemas y se dedicaba a resolverlos, su familia no sufriría en exceso y también le serviría para no remover algo que le iba a hacer daño, algo que sencillamente odiaba; le repugnaba comentar lo que podía preocuparle ya que demasiado tenía con que tal o cual problema se quedara en su cabeza para luego encima tener el esfuerzo ímprobo de tenerlo que explicar. En esta ocasión la diferencia estribaba en que si hablaba de ello los demás podrían sentir lástima por él, sentimiento que por nada del mundo deseaba que le ocurriera, por lo que, y después de haberlo sopesado durante varias horas, decidió que lo mejor sería no contar la noticia y que cuando ya fuera evidente al tener que ingresar al hospital para pasar sus últimos días ya no sería necesario ningún tipo de explicación. Sí, con enorme decisión escribió en su papel.

"Segundo.- Hablar con la familia del suceso: No lo haré, no quiero hacer sentir lástima a nadie.".

Un vez hubo plasmado eso y con un peso de encima menos, con trazo firme siguió con su tarea 

"Tercero.-"

Dios, pensó, “¿no tengo un tercer punto?, ¿ha sido tan triste mi existencia que ni siquiera he dejado cabos sueltos?”. 

Entonces, sin conocer la razón, le vinieron a la mente, como cuchillos afilados, ciertos recuerdos difíciles de explicar, sucedieron hacía muchos años cuando su adolescencia llegaba a su fin; John era ya un adulto pero sus actos no decían lo mismo, había enamorado a mujeres y luego las había dejado sin compasión, las recordaba muy bien; Julia, su primer amor, y Constanza; qué mal se portó con ellas, las dejó sin más y ni siquiera tuvo la deferencia de disculparse por su actitud ni les dijo la razón cierta por la cual las dejaba.

Desde ese preciso instante, reflexionó John, ya tendría ese tercer punto, dedicaría lo poco que le quedara de vida al objeto de encontrar a esas mujeres y pondría todo su empeño y dedicación para pedirles, de rodillas si hiciera falta, humildemente disculpas, no cejando en el intento hasta que ellas le perdonaran; sería un feliz broche a su triste final. 

Escribió en su papel 

"Tercero.- Disculparme con Julia y Constanza, personas a las que hice tanto daño."

domingo, 12 de mayo de 2013

La cara (capitulo dos). La revelación.


Aquella noche David no durmió tan plácidamente como en él era habitual. Numerosas pesadillas de catástrofes y lugares sombríos martilleaban, incesantemente y sin compasión, su cabeza. En todas ellas intentaba escapar, evadirse de un peligro inminente. La sensación de agobio no le abandonaba en ningún momento, quizás presagiando lo que finalmente iba a sucederle. 

Debían de ser las ocho de la mañana. Los rayos de sol, sin ninguna compasión para el durmiente, se escurrían tímidamente por las rendijas de la persiana de su dormitorio, inundando toda la estancia y, pensó David, que ya era hora de levantarse y aprovechar  al máximo posible ese sábado. Abrió un ojo, luego el otro. Le costó enfocar unos segundos su mundo hasta que se presentó ante sí, con una nitidez inigualable, lo que en apariencia era un rostro fantasmagórico de una mujer joven y hermosa mirándolo fijamente a escasos treinta centímetros. La expresión de su cara era de sufrimiento y dolor; sus ojos eran grandes y redondos inyectados en sangre, su nariz puntiaguda con labios estrechos y morados, dejando sobresalir unos incisivos amenazantes; su cabellera de un color oscuro indeterminado suelta al viento y su piel tan blanca que parecía como fabricada de porcelana. Lo más inquietante de todo ese sin sentido pudiera ser que se manifestó sin un cuerpo, físico o etéreo, que lo sustentara.

David intentó moverse, gritar, pero de sus cuerdas vocales no surgió, por más que hizo el intento, el más mínimo sonido ni sus músculos respondieron a la llamada de socorro de su cerebro. Un terror incomparable recorrió sin esfuerzo cada parte de su tembloroso organismo en una sinfonía macabra de desesperación. No pudo hacer otra cosa que cerrar los párpados y pensar sin mucha fe que se fuera de una vez. Al volver a abrirlos, y como por arte de magia, allí frente a él ya no había nadie.

Se levantó de la cama con pesadumbre. Se dirigió al baño y se lavó la cara con tal violencia como para engañarse a sí mismo de que de ese modo podía borrar de su memoria todo lo acontecido minutos antes. Ni que decir tiene que no pudo conseguirlo. Alzó la vista para mirarse al espejo, pudiendo comprobar que su expresión de pavor aún no se había ausentado, aparte de unas ojeras visibles a leguas. 

Preparó el desayuno con la rapidez y experiencia del que lo hace todos los días. Café caliente y unas tostadas con mantequilla eran su dieta habitual a esas horas. Se sentó a la mesa del comedor con todo listo y dispuesto pero no pudo probar bocado: aquella cara terrorífica se había incrustado en su mente como a fuego y, cada objeto de la casa, cada lugar donde fijaba la vista, sin quererlo, le recordaba a ella.

En las tareas señaladas por David con una cruz roja para ese sábado nefasto se encontraban las de hacer la colada, limpiar el polvo del salón y arreglar la lamparita de su mesita de noche, que se afanaba por no funcionar un día sí y otro también, sin olvidar de hacer la compra semanal para que la despensa y el frigorífico quedaran llenos. David, que no deseaba pensar en nada, se dispuso a comenzarlas una a una, pero por más que se afanaba en cumplirlas no llegaba a terminar ninguna de ellas. En su intelecto se apilaban desordenadas innumerables preguntas sin respuesta: ¿quién era esa mujer?, ¿la conocía?, ¿había alguna razón para que se le apareciese?, ¿la conseguiría ver de nuevo?, ¿necesitaría su ayuda o simplemente deseaba hacerle daño?, ¿sería capaz de decirle algo si la volviera a ver?.

El Jefe de Marketing se vistió con lo primero que encontró en su armario, no estaba para perder demasiado el tiempo, y salió a la calle con la firme intención de averiguar si en su piso, con anterioridad a que él llegara, había vivido una chica joven como la de su visión. En esos momentos le pareció que era lo más sensato. Lo primero que se le ocurrió fue  interrogar, sin que se notara mucho su inquietud, al portero del edificio. Alfred, como se llamaba, era un tipo de mediana edad, pelo canoso, ojos pequeños y chisposos y expresión siempre servicial, aunque en la práctica eso no fuera del todo cierto. Se hallaba como todas las mañanas en su casetilla de la entrada, a modo de garita, ojeando una revista.

— Alfred, buenos días, perdone que le moleste. Hoy me he levantado con una curiosidad y usted probablemente pueda ayudarme.
— Dígame Señor Templar, ¿qué se le ofrece? — pronunció el portero con la sequedad que le caracterizaba y con ausencia absoluta de interés.
—  Me preguntaba si había conocido a los inquilinos que vivieron con anterioridad en mi piso. He encontrado escondido un objeto que probablemente sea de ellos y quisiera devolverlo.
— ¿Un objeto?, ¿de qué se trata?, ¿tiene algún valor?.
— Alfred, eso no es significativo ahora; lo importante para mí es saber qué personas moraron en mi vivienda y, si es posible, el lugar donde viven en la actualidad — expresó David con la seriedad que sólo un ejecutivo podría aplicarle a la frase.
— Señor, llevo en mi puesto escasos cinco años y cuando me contrataron creo recordar que su piso se encontraba vacío y sin inquilinos hasta que llegó usted. No creo que pueda ayudarlo, y ya que lo siento mucho. Que tenga usted un buen día — dijo el portero y, sin inmutarse lo más mínimo, bajó la mirada nuevamente para seguir leyendo esa revista a la que tanto tiempo dedicaba.

Se encontraba en punto muerto, en una vía sin salida. Necesitaba contárselo a alguien para tener una segunda opinión; una persona inteligente, lógica y coherente que trazara, con la objetividad que requería el asunto, el camino a seguir. A David no se le ocurría nadie que pudiera ayudarle en su difícil y angustiosa situación. Bueno, eso no era del todo cierto; sí la conocía y tenía nombre y apellidos, Sara Pebble, pero la cuestión ahora era decidir si sería una buena idea contarle todo lo ocurrido después del rotundo fracaso sufrido la noche anterior.

domingo, 21 de abril de 2013

La cara (capítulo uno)


LA CARA
Capítulo uno: la cena.

Aquel día de primavera amaneció como cualquier otro en Plymouth. Los coches transitaban por sus calles mojadas por la lluvia, las gentes se afanaban por llegar a tiempo a sus distintos quehaceres, algunos más interesantes que otros y, en fin, la ciudad no muy distinta a otra emergía resplandeciente como un monstruo a medio despertar. En la oficina de la empresa tecnológica “Sampler”, sus empleados seguían al pié de la letra con su rutina diaria, la que conocían desde hacía años; redacción de informes, reuniones con los directivos, llamadas incesantes de teléfono; todo muy normal el último día laboral de la semana, pero eso estaba a punto de cambiar. David Templar, Jefe de Marketing, un tipo atractivo, aunque mucho menos de lo que él pensaba, y un seductor empedernido en horas bajas, estaba a punto de invitar a cenar a Sara Pebble, adscrita al personal del departamento de contabilidad, una chica en apariencia dulce.
— Hola Sara, me preguntaba si hacías algo esta noche — pronunció David con gran interés.
— David, hola, estaba tan ensimismada en mis cosas que no había reparado que estabas aquí, ¿qué me habías preguntado?. Ah, sí, me preguntabas si hacía algo esta noche y la verdad es que mi plan, si puede llamársele así, perfectamente podría consistir en una cena rica en verduras amenizada con ración triple de pelis de acción, ¿por qué? —dejando al descubierto en sus palabras sin ningún reparo una actitud coqueta.
— Pensaba que sería una buena idea que fuéramos a cenar; conozco un sitio donde sirven las mejores pizzas de la ciudad, ¿te gusta la comida italiana?.
— Hombre, creo que algo más que una ensaladita de lechuga — sonrió mientras articulaba esa frase con cierto aire sarcástico.
— Entonces decidido, te recojo en tu casa a las ocho, ¿te parece bien?.
— De acuerdo, pero si es algo más tarde, como a las ocho y media, mucho mejor.

Sampler, más que una empresa, parecía un caleidoscopio de personalidades a cuales más distintas y complejas, y las relaciones de los compañeros fuera de la oficina suponían una “rara avis” difícil de ver.

David se había fijado desde hacía algún tiempo en Sara; no podía concretar la fecha exacta en que empezó a gustarle; quizás fuese por cruzarse con ella todos los días a la hora del café de las 10 y acostumbrarse a sus facciones que, aunque siendo objetivo no eran del todo hermosas, sí podrían denominarse de atrayentes. Sus ojos marrones y redondos, sus curvas sinuosas de enormes pechos y su expresión en ocasiones triste incitaban a cuidarla y David, como buen amante, acabó por sucumbir a sus encantos ocultos, o simplemente no tenía otra hembra más a la mano ni más sencilla de conseguir. En cambio, con Sara, todo resultaba bien distinto; ella pensaba que David era un narcisista y un ególatra; el típico hombre que usaba a las mujeres como un clínex; se servía de ellas y cuando no eran de su agrado las desechaba como ropa vieja. Debía reconocer, no obstante, que resultaba atractivo e interesante para una noche loca. Ese pensamiento, que se escurrió fugazmente por su mente en un momento de descuido intelectual, no sería suficiente como para cambiar el magno designio que el sacrificio de salir con él le podía reportar; le ofrecería, casi sin buscarlo, la posibilidad brillante de vengarse de todos los hombres insensibles, superficiales e inmaduros que pululaban por el planeta tierra; sobre todo de aquellos que una vez le hicieron daño en el juego del amor.

Aquella noche había sido perfecta, al menos para uno de ellos. Comieron bien, bebieron, charlaron de lo divino y de lo humano, se rieron. En honor a la verdad, el Jefe de Marketing se lo estaba pasando genial en compañía de esa mujer; daba gusto estar a su lado. Se impresionó al comprobar que habían encajado como piezas de puzzle a la primera cita. El polvo, pensó David, estaba asegurado.
— Oye, ¿sabías que me estoy divirtiendo mucho contigo?. Mi casa está a escasas dos manzanas de aquí, ¿te apetece acompañarme y seguimos la fiesta?. Tengo una botella de Champang de cincuenta dólares reservada para un momento especial.
— Uy, va a ser que no. Mañana tengo que madrugar; me espera ayudar en la nada deseable mudanza de una amiga. Aparte, mis pies me están matando y en estas circunstancias lo que más ansío es un baño bien caliente y música de jazz. Gracias de todos modos, yo también me lo he pasado muy bien. En otra ocasión, ¿de acuerdo?, ¿no te enfadas verdad?. 

Sara quedó sorprendida de que salieran con tanta naturalidad de sus labios esas palabras tan atinadas y contenidas al mismo tiempo, pues lo que su cuerpo le dictaba en ese preciso momento era gritarle bien fuerte a ese bastardo: “jódete, cabrón de mierda, hoy vas a tener que satisfacerte tú solito; las mujeres somos algo más que juguetes eróticos con las que gozar”. En el fondo estaba pletórica, ya que había conseguido lo que inicialmente se había propuesto para esa noche: primero ponerlo como una moto para luego rechazarlo sin más; pues como se había desarrollado la noche, y con lo bien que habían encajado, no las tenía todas consigo de que lo lograra.
— No, ¿enfadado yo?, para nada. No te preocupes, otra vez será —contestó con aire condescendiente, aunque con cierta y no disimulada pesadumbre en su rostro enrojecido por la vergüenza del rechazo.

El camino de vuelta para David resultó eterno. En esas escasas dos manzanas de distancia tuvo tiempo para analizar con detenimiento cuáles eran las causas de su fracaso. Repetía una y otra vez las frases pronunciadas aquella noche y no notaba nada especialmente vulgar o descortés por su parte para la reacción de la chica. ¿Sería la chaqueta que había elegido?, ¿su peinado engominado quizás?. De lo que estaba bien seguro era de que dormiría solo otro viernes, y ya eran muchos sin mojar ni llevarse una alegría para el cuerpo.

Llegó a su apartamento de soltero más cansado psicológicamente que otra cosa. Se desnudó deprisa, dejando la ropa con desprecio como si ella tuviera la culpa, en la silla junto a su cama y se acostó sin ganas de nada, con la esperanza de olvidar más pronto que tarde aquella aciaga noche con una compañera de trabajo a la que tendría que seguir viendo aunque no quisiera. Media hora más tarde y tras varias vueltas en su lecho quedó profundamente dormido. 

El diario de Monroe Crashed (tercera parte)



1 de noviembre de 2012

Estas semanas he estado desconectado de todo, incluso de mí mismo. No he tenido ganas de hacer nada, ni tan siquiera de coger un boli para escribir éste mi diario. Jimie me ha llamado hasta tres veces al día; pobre infeliz, pensará que ha perdido un nuevo paciente. No sería exagerado decir que probablemente me haya llevado varios días sin comer; hasta ese punto me afectaba mi pereza. Pero ayer, sí ayer, me ocurrió algo maravilloso que hizo cambiar esta dinámica preocupante de mi existencia.

El día comenzó extraño, pues me desperté muy temprano, aún no había amanecido. Me levanté de la cama con una energía inusitada. A decir verdad me sorprendió, ya que no había tomado bocado el día anterior. Me dirigí al frigorífico y al no haber nada apetecible en él lo cerré de un portazo y me preparé de manera automática, como si de un robot se tratara, unos sandwiches de crema de cacahuetes que todavía no había caducado en el desvencijado mueble de la despensa. No estaban especialmente buenos, a decir verdad, quizás fuese el pan utilizado que estaba algo pasado, pero resultó suficiente para saciar el hambre que arrastraba.

Con enorme decisión cogí las llaves de mi furgoneta cochambrosa, una Ford Transit de los años noventa que, aunque algo ruidosa y antigua, su motor seguía sorpresivamente funcionando como el primer día. Decididamente, los coches americanos le dan mil vueltas a cualquier japonés o europeo, eso es así, y que alguien ose discutirme este hecho incontestable. No tenía pensado hacer algo en concreto, simplemente salir a despejarme, necesitaba sentirme vivo nuevamente. Sin darme cuenta, y tras cientos de kilómetros recorridos sin que mi Ford se quejara sobremanera, ya eran las nueve de la mañana y me encontraba perdido en un pequeño pueblo llamado Hope, tal y como rezaba en un enorme cartel dando la bienvenida. Aparqué justo en la entrada en el primer hueco que encontré; la espalda me estaba matando y pensé que andar un poco no me vendría mal. Recorrí a pié la calle principal de Hope; era un puto pueblo como otro cualquiera: había mercerías, joyerías, bancos de los que, si te descuidas, te embargan la casa si debes alguna cuota de hipoteca, y bares mugrientos de los que no se asombran si pides un whisky a media mañana. Entré en el primero que ví; estaba completamente vacío. El camarero detrás de la barra era un hombre de mediana edad, canoso, mal encarado y con una barriga cervecera descomunal; si fuese mujer perfectamente estaría a punto de parir. Me miró como se mira a un extraterrestre que visita la tierra por primera vez, y me preguntó si era nuevo en el pueblo y si me había perdido. Con una falta absoluta de educación, desconociendo que su única labor en este mundo era la de servir fielmente a sus clientes, me recordó que él no estaba para indicarme el camino que lleva a la autopista principal, pero que si quería beber lo que fuese sería bien recibido, previo pago correspondiente.

Esa mañana no entraba, siendo sincero, entre mis prioridades la de matar, pero ese tipo merecía morir como lo hacen los cerdos, degollado y destripado. Con enorme frialdad le pedí el brebaje más fuerte que tuviera, y cuando se dio la vuelta para satisfacer lo que le había solicitado me quité la camisa para que no se me manchara de sangre y salté por encima de la barra; lo cogí por la espalda y con mi navaja de las mejores ocasiones, que siempre guardo en el bolsillo derecho del pantalón, le seccioné la garganta con un certero movimiento de muñeca. Mientras se desangraba ni siquiera gritó ni se resistió; no luchó ante su funesto final, porque sabía que no tendría nada que hacer conmigo. Se resignó, pues era lo que debía hacer; yo creo que tenía conciencia de que estaba haciendo historia, con la salvedad de que no podría disfrutar de esa fama al haber estirado la pata; es la descripción certera de un daño colateral. Lo dejé en el suelo boca arriba en su último estertor y, sin pensarlo dos veces, le pinché en su oronda barriga hasta llegar a su corazón. Me dio un gusto indescriptible, casi mágico, observar cómo sus tripas emergían bruscamente como butifarras enlatadas. Como trofeo de mi hazaña le saqué la lengua de su sucia boca de barman cateto y se la cercené; era larga la jodía. Antes de marcharme no me olvidé de ponerme nuevamente la camisa y de pagar la bebida pedida, como me enseñaba mi madre de chico. Ella me solía decir: “cuando vayas a un sitio debes pagar lo que pidas; son trabajadores que merecen respeto, aunque ellos no te respeten a ti”; que lo cortés no quita lo valiente; la humanidad en su conjunto debería darme las gracias por eliminar de un plumazo a ese gañán deslenguado, nunca mejor dicho .

Salí del bar con la conciencia limpia y con la satisfacción del trabajo bien hecho. Nadie me vio entrar ni salir de aquel horrendo lugar. Ese golpe de adrenalina que sentía me concedió fuerzas suficientes como para montarme de nuevo en mi furgoneta y volver a mi hogar, parando previamente en la tienda de comestibles a escasos kilómetros de mi casa. Compré pan de sandwiches, fruta fresca, chacina variada, medio kilo de queso y una botella de dos litros de Coca-Cola. La butifarra enlatada no se me ocurrió cogerla; masoquista, al menos que yo sepa, no soy. La mañana había salido redonda y tenía que celebrarlo a lo grande. 



lunes, 25 de marzo de 2013

El secreto, relato corto


Resulta curioso e incluso sorprendente que, lo que en apariencia pudiera parecer una nimiedad para muchos, llegue a cambiar la vida y su existencia para otros. Ésta es la historia de Allan Hall, un muchacho que fue reducido a pedazos desde un punto de vista emocional por mantener a salvo un secreto, su secreto.

Todo comenzó cuando nuestro protagonista recién hubo cumplido los doce años. De una familia acomodada y con un padre dictatorial, Allan, huérfano de madre, sin hermanos y con una timidez que rayaba lo patológico, no hacía otra cosa que leer libros de aventuras. Al chico no le dejaban hacer otra cosa que no fuera lo correcto, entendido el término en el sentido de lo que su progenitor pudiera considerar correcto que, como podéis imaginar no era mucho más que estudiar en la Escuela privada y selecta de Blumintel y agachar la cabeza mientras el General, término cariñoso acuñado en sus pensamientos por el chico con el que su padre se identificaba a las mil maravillas, le hablaba; esos libros le ofrecían, sin pretenderlo, el oxígeno para respirar, su razón de ser y existir; tan pronto llegaba a casa tras la sesión de tortura que le suponían las clases, y una vez había acabado los deberes que le imponían los severos profesores maléficos de Blumintel, corría como si le fuera la vida en ello a sentarse con cierto mimo en el lujoso “sillón siglo XV” de la biblioteca de su casa y se sumergía un día sí y otro también en las peripecias de personajes heroicos a la orilla del Nilo o en parajes salvajes del África negra, siempre y cuando, claro está, el “General” se encontrara en horario laboral y alejado de su hogar. Después de múltiples y alocadas cabriolas argumentales al final siempre salvaban sus vidas y la de sus guapas y esculturales acompañantes; Allan, resignado a su suerte, sabía que nunca sería capaz de viajar, de conocer mundo y de tener experiencias emocionantes sin desprenderse del yugo asfixiante de su ascendiente, y esos libros con adornos dorados y papel mohoso a los que quería como parte de su propio ser serían, sin lugar a la duda, su válvula de escape ante esa vida insulsa e irritante que le había tocado en suerte vivir.

Cierto día lluvioso de sábado de primavera Allan se sentía inquieto y excitado sin razón aparente, y se levantó temprano mientras todos permanecían dormidos, acudiendo al lugar en el que más a gusto se encontraba, la biblioteca. Ya había terminado de leer su último libro y se disponía a elegir otro tomo con el que pasar sus horas muertas cuando le llamó la atención, no supo bien la causa, un ejemplar viejísimo y desvencijado que se hallaba en lo más alto de la estantería. Utilizando una silla para alzarse logró finalmente hacerse con él, aunque casi se desloma de bruces en el suelo en el intento. La encuadernación se encontraba en mal estado pero tenía algo que le atraía; su autor William Fastbroken no le sonaba de nada ni tampoco su título, “Guarda el secreto”; no sabía el cómo ni el por qué, pero lo cierto era que ese vulgar libro era especial; no tardaría mucho en descubrirlo.

Lo abrió por su primera página y lo que pudo atinar a leer lo dejó patidifuso. Miró a un lado y a otro como si lo estuvieran observando los del programa de televisión inocente inocente. No era para menos, sus primeras líneas decían:

Éste es un libro de deseos; si sabes elegir bien éste se cumplirá. Pero debes tener cuidado con lo que deseas, querido lector, sé inteligente y dime, ¿qué es eso que deseas?. Ahh, que no me crees, ¿verdad?. Pues ármate del valor y templanza de los héroes de tus libros favoritos e inténtalo; no tienes nada que perder y mucho que ganar. Sólo existe un inconveniente: no debes decírselo a nadie; has de guardar el secreto para ti por siempre jamás. Si no sigues mi advertencia la furia de mil terremotos y cientos de huracanes descontrolados te alcanzarán sin que puedas hacer nada para evitarlo, salvo rezar a tu Santo Dios. Rezarás, pero nada cambiará sobre tu funesto futuro; tu cuerpo quedará reducido a cenizas, no sin antes haber sufrido torturas que ni en tus mayores pesadillas pudieras concebir.

Dejaré que lo pienses una vez más y, si te muestras decidido y consciente con tus propios actos, te lo volveré a preguntar: ¿qué es lo que deseas fervientemente?”.

Por la cabeza del chaval anidaron innumerables pensamientos, asemejándose a agujas puntiagudas traspasando su piel. Quería cerrar ese infernal libro, dejarlo en el mismo lugar donde se ubicaba y olvidarlo, pero no podía hacerlo; una fuerza que surgía de dentro se lo impedía. Eso y una vocecita burlona que le susurraba socarronamente al oído “hazlo, hazlo, será el fin de tus padecimientos, podrás salir a ver mundo sin que nadie te lo impida, serás libre”.

Quiso no haberlo hecho, pero deseó con todas sus fuerzas, siguiendo los designios de ese libro que acunaba en su regazo que, desde ese momento, su padre le dejara hacer lo que quisiera y que nunca más tuviera una palabra desconsiderada hacia él, ni le pegara, como era su costumbre. 

Lo hizo; se sentía casi tan bien y satisfecho como las estrellas de sus novelas aventureras, aunque ese entusiasmo quedó inmediatamente truncado con las voces quebradas de Henry, el mayordomo jefe de la familia. Allan no daba crédito a lo que estaba sucediendo; de las palabras entrecortadas del mayordomo y sus sollozos emergía la no tan vaga idea de que su padre había fallecido. Subió tan rápido como sus piernas  imberbes le permitieron por las escaleras con dirección al segundo piso, donde se hallaban las habitaciones de su padre, y lo encontró con la expresión torcida de su rostro, sobresaliéndole de la comisura de sus labios un hilillo viscoso de baba blanca que auguraba su triste final.

Allan nunca pudo recuperar la cordura después de lo ocurrido; el golpe fue definitivo para un adolescente de doce años. Sus tías Claren y Desiree tomaron la decisión, en parte para que su sobrino ya no fuera su problema, de que debía ser internado por su propio bien. Sus médicos no pudieron hacer nada por él; se había vuelto literalmente loco. No hablaba con nadie, ni siquiera con sus doctores, y sólo se le escuchaba cuchichear por los pasillos del Centro Psiquiátrico donde lo ingresaron siempre la misma expresión: “guardaré el secreto por siempre jamás”,  en un bucle infinito de desesperación.

Cuidado con lo que deseéis fervientemente, mis queridos lectores, pues si lo hacéis con tanta fuerza podría llegar a cumplirse; pero hacedme un pequeño e insignificante favor, chusssssssssss, silencio, guardadme por lo que más queráis ese secreto.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Más que adicción


El proyecto de este mes de adictos a la escritura consiste, los que previamente se apuntaron a hacerlo, en que cada uno proponga un título para el relato y sortearlos en parejas. A mí me ha tocado en suerte “Más que adicción” y aquí está la historia que os propongo, espero y deseo que os guste. 

Aquí comienza “MÁS QUE ADICCIÓN”:

Corría el año 2.109. En el planeta tierra, que había discurrido por múltiples etapas, entre ellas el aborregamiento de las masas, la falta absoluta de valores morales o el individualismo como pauta común, hacía un decenio que la humanidad estaba tomando conciencia de que había de luchar por objetivos más o menos cercanos, más o menos plausibles para buscar algo más ambicioso y que todo ello sólo podía conseguirse pensando, teniendo inquietudes, debatiendo y planteándose puntos de vista dispares. Los gobiernos corruptos, los medios de comunicación que le servían así como la tecnología, que hacían que la vida fuese tan maravillosamente fácil, consiguieron tiempo atrás que la población quedara sedada de toda voz crítica y revolucionaria; simplemente vivían sin preocuparse de nada más, pero todo esto estaba empezando a cambiar.

Lo que no se había modificado ni un ápice de este periodo con respecto al pasado era que la televisión seguía siendo, como no podía ser de otra manera, el método lúdico por excelencia. La misma no se estructuraba como antaño a través de cadenas públicas o privadas, que retransmitían sus emisiones por medio canales varios con programaciones en directo o grabadas. Era todo más fácil: cada cual elegía el producto que quería ver de los miles o millones disponibles de cualquier temática imaginable. Si en un momento determinado uno tenía ganas, por poner un ejemplo, de ver un documental de naturaleza animal, lo único que debía hacer era clickear esa opción en la interface de la aplicación y automáticamente aparecía proyectado por streaming con profundidad y volumen, en una pantalla flexible con una nitidez y precisión muy por encima a la capacidad real que el ojo humano podía ofrecer, dando una sensación de realismo extremo: literalmente el león o el orangután paseaban con sus rugidos por tu salón.

Uno de los contenidos, por llamarlo de algún modo, que estaba cobrando mayor popularidad y entusiasmo en el mundo de la televisión era el auto-denominado “Gran Hermano”. Gran Hermano no era otra cosa que un programa informático, previa subscripción monetaria que equivalía a dos meses de salario, salvo excepciones relativas a investigación y conocimiento, donde los patrocinadores contrataban un avatar o patrocinado en un mundo virtual muy asemejado a la realidad, en el cual tenían cabida toda época y lugar. Las premisas eran claras y los requisitos que tenían que cumplir también; se podía elegir cinco características que tenían que ver con la fecha, lugar y entorno, y otras cinco referidas en cuanto a peculiaridades físicas y de carácter de tu avatar. Lo demás era rellenado, por así decirlo, de manera aleatoria por el propio sistema. Una vez se hubiera definido todo ello el patrocinador podría ver en directo la vida de su patrocinado desde su nacimiento hasta su muerte, sin que tuviera posibilidad de modificar nada de ella; sólo observarla como si de una película se tratara. La equivalencia de una vida entera de un patrocinado correspondía a seis meses de existencia de su patrocinador; de ese modo se regeneraba todo ese mundo con nuevos y diferentes patrocinadores y patrocinados varios.

En ese caldo de cultivo vivía nuestro protagonista, Marcus Fastvinder. Marcus era un chico de quince años que estudiaba en la Escuela Pública de Berlín como cualquier otro, aunque destacaba del resto en que era extremadamente inteligente y de una desbordante imaginación. No era una escuela al uso, pues no existía físicamente y sí en las bases de datos de un servidor a las afueras de la ciudad. Se conectaba a ella previa clave encriptada y con seguridad máxima desde cualquier parte, a través de una tablet que se obtenía de manera gratuita con el simple abono de la matrícula.

Al inicio del curso se proporcionaba a todos los alumnos además una tarjeta a modo de diapositiva personalizada, que introduciéndola en el lector adecuado mostraba de una manera gráfica y a resolución máxima la organización de todas las asignaturas, los días que había que conectarse a la escuela, las fechas marcadas en rojo como examen, las direcciones ip con las que contactar con el profesorado por videoconferencia y, en definitiva, a qué logros intelectuales se debía alcanzar para conseguir un aprobado. A Marcus, desde hacía algún tiempo, le rondaba por la cabeza cierta idea que tenía que ver con su proyecto de la asignatura de teoría del comportamiento, de su profesora Alicia Cummings. Se le había ocurrido introducir un avatar con nombre Daniel en el programa de Gran Hermano con una característica muy especial: sería adicto a la soledad y estudiaría concienzudamente su conducta en una época preestablecida, concretamente la Sevilla del año 1980. Esta ciudad fue elegida por Marcus por su clima, que incitaba a sus habitantes a interactuar con sus semejantes en la calle. La fecha, todo hay que decirlo, fue decidida al azar.

Una vez se hubo animado a llevar a cabo este cometido, Marcus habló con su profesora y ésta que se mostró muy ilusionada con el proyecto, a juicio de sus expresiones grandilocuentes y su tono de voz complaciente; a su vez, solicitó de manera inmediata autorización al programa para que, sin costo económico por ser un proyecto de investigación, se introdujera el avatar Daniel con todas las características especialmente diseñadas para él. Se les proporcionó dos claves de acceso, para que alumno y profesora tuvieran un seguimiento más cercano del experimento.

Tal y como habían intuido desde el principio, la adicción preestablecida de Daniel marcaba por completo su comportamiento ya desde sus inicios. El tardar en nacer más de treinta y seis horas, aunque la madre había dilatado lo suficiente, fue un síntoma claro de que el bebé lo que más ansiaba era encontrarse solo en la placenta de su progenitora antes que salir de ese lugar placentero para emerger en compañía de sus ascendientes. A los meses del alumbramiento el problema se hizo más que visible, ya que únicamente se mostraba disgustado y gimoteaba cuando era abrazado, tranquilizándose de nuevo si lo dejaban en su cuna.

Daniel creció y creció con una angustia que no le dejaba vivir y a la edad de diez años, sintiéndose desgraciado por no haber podido evitar el contacto humano tan sumamente desagradable para él, acabó suicidándose en el lavabo de su colegio, al que día tras día le obligaban a acudir, cortándose las venas con una cuchilla de afeitar de su padre.

Marcus no pudo contener las lágrimas. Su avatar, en escasos veinte días de existencia, había perecido para siempre y el único responsable de su desgraciado destino era él. En ese preciso instante comprendió, a fuerza de sufrimiento, la misión tan desagradable del creador, que observa cómo su creación se desvanece en el tiempo y en el espacio sin posibilidad de evitarlo.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Desesperación


El grupo de Adictos a la Escritura nos conmina esta vez a realizar en este mes de octubre un relato sobre Halloween. Reconozco que me ha costado Dios y ayuda conseguir terminarlo pero aquí lo tenéis, espero que os divierta y os guste.

Aquí comienza DESESPERACIÓN:

Está oscuro, mi corazón retumba sin control en el pecho como si de una caja de resonancia se tratara, pum pum pum pum. Pretendo escapar de ese habitáculo estrecho pero no puedo moverme, mis músculos se encuentran agarrotados, inertes. Intento recordar la razón de porqué estoy aquí e incomprensiblemente mi cabeza permanece en blanco.

Los minutos pasan inexorablemente, puede que incluso las horas; No se cuanto tiempo he permanecido dentro pero lo que si tengo muy claro es que no aguantaré mucho más. Desde muy chico siempre he tenido un miedo irracional a morir ahogado, a que llegue el último instante en que mi cuerpo no pueda exhalar aire y las células al no poderse alimentar con el ansiado oxígeno vayan pereciendo una a una, cientos a cientos, miles a miles; que ironía que el mayor de mis temores se esté convirtiendo en una realidad más que posible. Intento tener lúcido mi cerebro para trazar un plan de fuga, tengo que concentrarme en alzar al menos uno de mis brazos para hacer palanca en la tapa de lo que tiene toda la pinta de ser un ataúd de madera de pino, pero no consigo nada.

Como flashes sesgados e incompletos comienzan a aparecer en mi memoria recuerdos de una noche de halloween. Yo iba disfrazado de Drácula, con colmillos afilados y esa capa negra tan característica; todo eran risas y alcohol. La fiesta de origen celta en la víspera de todos los santos se ha desvirtuado a lo largo de los años. Según la tradición druida en ese día el mundo de los vivos se mezclaba con el de los muertos, confundiéndose el uno con el otro; Las calabazas iluminadas le recordaban a los espíritus burlones que en esas casas donde en el pórtico de entrada se hallaban no podían acceder para hacer sus fechorías. Ahora que está próximo mi fin no estaría mal que por una vez mi suerte cambie y pueda librarme de esta más que probable última experiencia implorando el espíritu de halloween o del mismísimo Conde de las Tinieblas.

La desesperación se apodera de mí, ¿que he hecho yo para merecer esto?. Soy aún muy joven, tengo mucho que ofrecer a la sociedad aunque no haya tenido el tiempo suficiente para demostrarlo. Una sensación nauseabunda invade mis sentidos, lo de menos ahora es preocuparme de lo mal que me sentó la cena o de las copitas de un brebaje amargo que llamaban ponche amenizadas con ácido, me muero, entro en trance y un espíritu me empuja para que no permanezca entre ellos cuando a lo lejos escucho una voz que me grita ¡Despierta, que la fiesta ha terminado!.

Con gran pesadez abro los ojos y descubro con sorpresa que todo fue un sueño, me resulta extraño pues era todo tan real, el ataúd, la sensación de agobio, la muerte acercándose a pasos agigantados.

No se como ni porqué pero en el camino de vuelta a casa comienza a gestarse en mi cabeza una teoría estrambótica de lo que verdaderamente me había ocurrido aquella noche; la fuerte ingesta de alcohol y drogas me produjo un estado de delirio que consiguió que mi corazón se parara por unos momentos. En ese instante formé parte del mundo de los muertos pero en la noche de halloween todo puede suceder incluso que un espíritu caritativo me diera una segunda oportunidad en el teatro de los sueños que es la vida y que espero, esta vez, no desperdiciar. 

domingo, 14 de octubre de 2012

El diario de Monroe Crashed (segunda parte)

Advertencia: A los menores de edad no se le está permitido leer este relato, quedáis avisados.

4 de octubre de 2012

Acudo como cada jueves a la consulta del tuercebotas de Jimie. En la hora que dura la sesión siempre me lo paso genial sentado en su poco mullido diván color chocolate imaginando situaciones a cual más estrambótica para convencerlo de mi patología psiquiátrica, es como mi deporte semanal favorito, un reto para mi extraordinario cerebro inventarme una enfermedad con todo lujo de detalles y que la misma resulte para un especialista del coco, eso reseña su currículum, verosímil. Hoy le he contado abreviando que hace unos días cuando salí a la calle me noté observado, agentes del FBI vestidos de paisano me siguieron hasta el mercado y cuando miraba para divisar donde se encontraban disimulaban como si estuvieran leyendo un periódico u observando un escaparate. Seguí diciéndole, con mi verborrea característica propia de un orador profesional, que sentí mucho miedo ayer a la hora de mi baño nocturno cuando se me apareció de la nada un hombre de toga blanca, pelo canoso y barba prominente que, con voz sepulcral y de ultratumba me convencía de lo maravilloso que hasta entonces había demostrado ser, que era el elegido de entre los habitantes del mundo para salvarlos a todos como Jesucristo, Dios en la tierra, como hacedor del perdón de los pecados y de la vida eterna; no quiero pecar de modesto pero estuve brillante en la exposición de mi particular delirio, el pobre doctor quedó con la boca abierta dejando traslucir un hilillo de baba blanquecina entre sus labios, muy desagradable a la vista, eso si, que evidenciaba gráficamente a las claras que la trola que le acababa de contar se la había tragado enterita, “con espinas y todo”, si le digo en ese preciso instante mi pequeño problemilla con el deseo insaciable de matar se cae de espaldas o le da un ictus del que le es imposible volver al mundo de los vivos . No pude evitar explotar a carcajada limpia una vez salí de su despacho.

Ahora que estoy contento creo que sería una buena idea hablar de la segunda muerte que perpetré, juro por lo más sagrado que no fue en absoluto premeditada ni la elegí a conciencia, surgió sin más como brota la hierba fresca en el campo mojado o el sol tras la noche estrellada. Yo tenía 14 años y empezaba sin pretenderlo a interesarme por las chicas, mejor dicho por una en concreto que conocí cierto día caluroso de verano mientras caminaba solo pensando en mis cosas aunque si soy sincero ahora mismo no se muy bien expresar de que se trataba, recuerdo no obstante que era importante para mi. Lucy, que fue como se presentó, debía ser una descarada pues me invitó el mismo día de vernos y apenas hablar una media hora a tener un encuentro furtivo por la noche con actitudes lujuriosas. Quedamos, para no perdernos, en el mismo lugar donde nos topamos por primera vez y, cogiéndome de la mano me llevó, con la seguridad que le ofrece el no haberlo hecho la primera vez, al pajar de una casa cercana abandonada hacía poco tiempo. Allí, casi sin mediar palabra, se quitó la ropa instando a que yo hiciera lo mismo. Recuerdo que era preciosa, sus pechos grandes y altivos aun a pesar de su corta edad y su sexo poco rasurado me parecieron extraordinarios, yo los había visto en fotos pero al natural como suele decirse resultaban diferentes, mucho más excitantes. Deseaba observarla, acariciarla, besarla en cada palmo de su voluptuoso cuerpo, pero la magia del momento duró lo que dura una hamburguesa apetitosa en la boca de un glotón, lo que se tarda en disponer una moneda en la ranura de una máquina de refrescos y ésta al pulsar el botón de la bebida elegida expulsa sin esfuerzo la ansiada botella del líquido espumeante. Lucy, al ver de cerca mi miembro viril ya erecto comenzó a reír como si no hubiera un mañana, para ella como en una macabra premonición así resultó ser, gritando expresiones soeces del tipo “tienes un garbancito entre las piernas”, “donde vas con esa mini-polla”. La humillación que sufrí resultó insufrible, no quería escuchar esos insultos por más tiempo y la hice callar con un puñetazo en la boca; la violencia del golpe fue tal que varios minúsculos dientes amarillentos se esparcieron por el suelo. La dejé inconsciente y lo uno llevó a lo otro, no lo pensé dos veces, simplemente actué, cogí la navaja que siempre guardaba en el bolsillo derecho de mi pantalón y la degollé con un movimiento rápido. Recuerdo que la sangre roja y espesa comenzó a manar de la herida mortal de manera escandalosa inundándolo todo. Demonios, pensé, que de sangre tiene esta juguetona cabrona y, con el cuerpo aún caliente y espasmódico me pareció una buena idea llevarme un recuerdo de aquel furtivo encuentro, utilicé de nuevo mi navaja para diseccionar el pezón izquierdo de aquella belleza sin igual. Fue mi primer trofeo y probablemente el más preciado de mi colección.

Aquella madrugada acudí al lago sin que nadie reparara en mi ausencia a lavar mi manchado cuerpo de la ya coagulada y oscura sangre de Lucy, me sentía extraordinario, nuevamente había sido capaz de matar y no anidaba en mí una mínima sensación de culpabilidad ni desasosiego, más al contrario, había hallado la manera de ser feliz plenamente, yo solo sin ayuda de nadie, si el resto de la humanidad no lo comprendía sería en cualquier caso problema de ellos no el mío, aunque de algo estaba seguro, si quería volver a intentarlo debía ser bastante más cuidadoso, tramar un plan infalible para evitar que la policía husmeara en mi secreto, mi hobby, mi vida; no sería lógicamente igual el disfrute de mi éxito si acababa mi existencia en una sudada silla eléctrica. Esta vez tuve suerte, cuando se hubo conocido pocas semanas después la muerte de la malcriada y ninfómana chica, el asesinato se lo imputaron a un pobre infeliz perturbado del pueblo que confesó haberlo cometido, supongo, por afán de protagonismo. Me libré como se libran los grandes hombres, con un poco de inteligencia y un mucho de azar.